donal mclaughlin

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Spanish (2)

In December 2004, Spanish translations by Guzmán Huerta of Donal’s stories ‘An Allergic Reaction to National Anthems’ and ‘aka La Giaconda’ took one of three runner-up positions in a short story competition in Argentina (Concurso Internacional Hespérides de Cuento).
Guzmán – based in Graz in Austria (and pictured below) – has kindly allowed his translations to be reproduced here.

MÁS CONOCIDA COMO LA GIOCONDA

Olor a chicle y “Liam…”
Así empezó: olor a chicle y Tait que, por una vez, sonaba amable.
–Liam…
–¿Qué?
Todo pasó sin darse cuenta. Ahí estaba él, tranquilo, y al minuto, a la defensiva, preguntándose, qué trampa le estarían tendiendo. Entonces va y se le escapa y ya está esa rastrera arrastrada sonrisa en la cara de buitre de mierda de Tait y por supuesto: Liam O’Donnell ¡SALGA!– grita la Gioconda. ¡Le he visto! ¡Ni se le ocurra negarlo! ¡Al rincón por hablar! y le pillaron, le engañaron y ahora habló y mientras pasa entre las correas de las mochilas, de las bolsas de deporte de los Celtics y de Saint Mirren, intentando no enredarse, ya está ella: Salga, he dicho. Salga a la pizarra y de cara a la pared y para más inri tiene que pasar por delante de Tait y su sonrisilla y cómo le gustaría poder borrarle a ese cabrón la sonrisa de un puñetazo, pero no puede, ahora no, así que se concentra en ir hasta la pared antes de que…
¡Y AHÍ QUIETO HASTA QUE ME OCUPE YO DE USTED!

Dios, Dios mío. Ya se puede ir preparando y todos mirando. No tenía ojos en el cogote, pero no le hacían falta para poder ver cómo se frotaban las manos, pensando que por fin habían pillado al patato irlandés. Ya veía a McGoldrick, a Bajaws y los demás mirando encantados cómo ella se cebaba con él. Las chicas, sin embargo, no eran así. Se alejaban, en parte para que no les levantasen las faldas. Sólo un bicho con ojos de lince como Margaret-Mary se atrevía a andar buscando camorra. La vez que le zurraron con el cinturón a Bobo, fue ella la que se chivó de que se había cagado.

Ahora le iba a tocar esperar bastante. La señorita estaba repasando decimales. En Derry al menos tenías que ir a buscar el palo. En Faughanvale, el maestro les mandaba al espino y si traías un palo con pocos pinchos, te cogía de la oreja y te enseñaba a elegir uno como Dios manda. Aquí es aún peor, sólo con mirar el cinturón de 2 colas… Y cómo habia que estirar las manos: una sujetando la otra por debajo. Le dolía el pito sólo de pensarlo.
¡DEREK O’NEILL!
Liam dio un respingo, aunque sabía que no iba con él.
–¿Qué es esto? ¿7-1 ??
–Un resultado del partido Celtic-Rangers, señorita…
–¿Un resultado de un partido de fútbol? ¿De fútbol en mi clase?– rugió la Gioconda.
Joder, menudo día tenía hoy. Liam se la podía imaginar, levantando el cuaderno con cara de asco.
–Lo siento, señorita– dijo Derek.
–Lo siento, señorita –le ridiculizó. –A ti te voy a dar yo “losientoseñorita”. ¡Quiero una portada nueva en este cuaderno para mañana mismo!
Silencio, una de esas sarcásticas sonrisas suyas y entonces, gracias a Dios, la oyó alejarse.
Liam sintió el alivio en el cuerpo. Si sacaba a más de uno, les zurraría a todos y así, si tenía suerte…
Reprimió esa idea, que no era más que pensamientos de cobarde, se dijo a sí mismo. Debía pensar en otra cosa, ser un hombre y no un ratón.

Más-co-no-ci-da-co-mo, más-co-no-ci-da-co-mo, canturreaban como un coro de loritos, todo el día con la mierda de “másconocidacomo”. Por lo menos, sabía lo que significaba, y no como “Gioconda”.
“Gioconda”: ahora se había puesto a pensar en cómo la llamaban, aunque no sabía por qué. Todo empezó cuando él no estaba, estaba ayudando a mamá, que acababa de tener a la pequeña Orla. La señorita lo debía de haber dicho un día, y ellos venga a reírse. También tenían otras bromas. Por ejemplo, le obligaban a Lazarus a decir “el esfuerzo del ser humano por superarse”. Tal vez fuera por su ceceo. También cada vez que tenían clase de dibujo se pavoneaban con sus paletas y hacían voces, diciendo “las diminutas pinceladas microscópicas”. Su palabra favorita era “sutileza”.
El único deseo de Liam era que no lo descubrieran, sin saber, sin entender. Ya bastante tenía con lo que tenía.

Oh-oh, alerta, tacones. La señorita se dirigía a la pizarra.
Si se iba al segundo cajón estaba perdido.
Se preparó para lo peor. Eso era lo que su abuelo Cluskey solía hacer, prepararse para lo peor.
Dios, ahí estaba, yendo hacia el escritorio. Se podía imaginar la cara de satisfacción de Tait. Pero, no. No se estaba sentando. Normalmente se sentaba para sacar el cinturón y el libro de disciplina. En él siempre escribía cuántos latigazos y la razón. Masoquista. A veces se le salía el zapato y antes se lo tenía que volver a poner.
No, todo iba bien. Iba a abrir la boca y no el cajón.
–Atención. ¡Atención en el aula!
Oyó a toda la clase de 7° de Primaria dejar sus lápices y sentarse erguidos.
–Después del descanso tendremos clase de Plástica– anunció la Gioconda. Por eso, mientras terminan los ejercicios de Aritmética iré a recoger el cuadro de Leonardo de la enfermería. Les advierto, no habrá clase de Plástica si uno sólo de ustedes se atreve a hablar mientras yo no estoy. ¿Está claro?
–Sí, señorita.
–De acuerdo. ¡Recuérdenlo! ¡O’Donnell, apunte a todo el que hable!

Aún se oía el ruido de sus tacones cuando ya habían empezado:
–Liam
–Qué
–Salga por hablar
–Liam
–Qué
–Salga por hablar
Cada vez gritaban más..
No les hizo caso. A palabras necias, eso era lo que el bibliotecario le decía. A palabras necias, oídos sordos.
–Patato, a ver si apuntas ya a alguien– soltó uno. Todos se rieron. Sonaban como Ironside, con su pata chula, llena de hierros.
Aunque intentara hacer oídos sordos, las palabras sí le hacían daño.

De repente, silencio. Se deben de haber dado cuenta de que Curran podría venir si no tenían cuidado y entonces sí que se enfadaría la Gioconda.
Sintió sus miradas clavándose en él. Por mucho que lo intentara, no entendía por qué le hacían esto. No era por ser católico; seguro que ellos también lo eran.
Estaba ocupado en estar bien derecho, para, al menos, no aparentar tener miedo, cuando un avión de papel casi se le clava en la cara. Tenía algo escrito en las alas: ¿TE ESTÁS CAGANDO EN LOS PANTALONES?, a un lado; VETE A TU PUTO PUEBLO, al otro.
¡Cabrones!– pensó. Quería entenderles, pero no podía. No entendía nada, para él eran un verdadero enigma, todas sus burlas.
A lo mejor papá tenía razón, a lo mejor los escoceses eran así. A papá no le gustaban.

Oh, Dios, si a papá tampoco le gustaban…
Dios, Dios, Dios.
Se dio la vuelta para mirar: el crucifijo de la clase.
Oh, no, oh, no, oh, no.
¿Y si rezaba?
Santo Harry de Houdini.
La gente siempre se reía, pero su tío Seamus siempre lo usaba para sus juramentos.

OH-OH
Atención, tacones: la señorita regresaba.
Al menos no estaba nadie hablando. Por una vez, no había nadie hablando –
Entonces, se acordó del avión.
Oh, Dios. No había escapatoria. Si se agachaba a recogerlo, estaba perdido. Si no lo recogía, la Gioconda lo encontraría. Se pondría echa una furia.
Los pasos se acercaban más y más cuando “¡Cobarde!”, Liam se agachó a recoger el jodido papel.
–Y bien, O’Donnell, ¿ha hablado alguien?– preguntó la señorita al cruzar la puerta, cargada de papel y pinceles y frascos de pintura.
–No, señorita, nadie– le contestó Liam, mientras ella posaba con delicadeza un pequeñísimo marco.
Apenas había contestado, a la espera de que Dios le fulminase con un rayo, cuando la puerta se abrió otra vez. Se quedó paralizado. Sólo podía tratarse de…
Por supuesto, la clase entera se pusó en pie.
–¡Bue-nos dí-as, se-ñor Cud-di-hy!– dijeron todos a coro. Por cómo sonaban, Liam no era el único con miedo de que Cuddihy supiera lo que había pasado.
–Buenos días– contestó el director, con tono áspero. Liam se acordó del director en Faughanvale…
¡Liam O’DONNELL!!
Volvió a paralizarse.
–Y usted, ¿qué está haciendo ahí?
Mierda, pensó. Esto se estaba poniendo cada vez más feo. Ahora Cuddihy le zurraría. Cuddihy, que tenía fama de ser un sádico. Se giró para mirarlo. Sin embargo, el director no estaba esperando una respuesta de él. Se dirigió directamente a la Gioconda.
–¿Por qué está castigado?– susurró.
La Gioconda pareció ofenderse. Por alguna razón el director la estaba riñendo. Ella intentó susurrarle al director detrás de la pizarra. Le dio un vuelco al corazón, más aún cuando Cuddihy salió de detrás del encerado y dijo “Buenos días, clase” y se fue. Ahora seguro que la señorita la iba a tomar con él.
La oyó respirar hondo.
Acto seguido se fue derecha a él.
–Cierre los ojos.
Lo olía, había estado fumando.
–¡Que cierre los ojos!
Los cerró, esperando recibir un golpe. Se inclinó sobre él.
–Describa la pared que tiene delante– le exigió.
–¿Ahora?– preguntó Liam.
En Derry, a veces te mandaban para el día siguiente redacciones de 3 páginas sobre el interior de una pelota de pingpong.
–¿Ahora?– repitió con tono burlesco. – ¡Claro que ahora!
No sabía cómo empezar. Hubiera preferido la redacción, incluso la versión difícil, en la que estaban prohibidas las palabras ping y pong.
–¿Y bien?
Sólo se acordaba de grietas, manchas y un color amarillo sucio. No podía hacer una frase con eso. Y conociendo a la Gioconda, seguro que querría un párrafo entero: luces, sombras, etc. Se acordó de las siluetas, que había un tal señor Silhoutte, mejor dicho, que había habido, en el siglo XVII en Francia.
–La pared es de un descolorido color amarillo…– comenzó.
–Ha repetido “color” – le advirtió.
–Se aprecian siluetas…
–Demasiado impreciso – le dijo – ¿cuántas?
–No sé– murmuró.
–¿Cómo?
–No lo sé, señorita.
–Bueno, en ese caso, tendrá que seguir ahí de pie otro rato más.
Abrió los ojos. Otra de sus sarcásticas sonrisas. Tragó con dificultad y entonces vio un clavo que podía haber mencionado, un clavo sin nada colgado.
La puerta chirrió al volver a abrirse.
Dios, era Cuddihy otra vez. Esta vez, quizá con una correa.
–¡Bue-nos dí-as, pa-dre Kielt!
Gracias a Dios, no era más que el cura. ¡Ja! Les estaba bien empleado, ahora les tocaría clase de Religión, en lugar de Plástica. O mejor aún, la Gioconda le mandaría a su sitio. No le iba a zurrar delante del cura.
Era un milagro…
O tal vez no, por como estaban hablando el cura no iba a quedarse.
Seguro, se estaban poniendo de acuerdo para que volviera la semana siguiente. Eso le vendría a Lisa (como él la llamaba) de maravilla. Los niños le prepararían algo y, por supuesto, estaría encantada de encargarse de las flores para el altar.
El sacerdote se dirigió a la puerta.
–¡Díganle adiós al padre Kielt!
–¡A-diós, pa-dre Kielt!
–Adiós, niños, que Dios les bendiga.
Cuando parecía que ya se había ido, volvió a hablar.
–Espero verte en el confesionario el sábado.
Era a él, el padre le estaba hablando a él.
–¡Mira al padre cuando te hable, niño!– dijo la Gioconda.
Se giró. El cura estaba acercándose para tocarle.
–A ver si puedo hacer mi exorcismo, ¿eh?– dijo a la maestra giñándole un ojo.
La Gioconda ¡sonrió!
El sacerdote le puso la mano sobre la frente y susurró algo en latín. La mano estaba toda sudada y el aliento le olía a sangre de Cristo. Liam sintió que una maravillosa santidad le invadía. Estaba tan nervioso, que casi se mea encima, pero se pudo aguantar a tiempo.
–Así está mejor – dijo el cura cuando hubo terminado. – Ya no va a tener que volver a preocuparse de este muchacho, señorita McMenemy.
Se volvió a Liam: –Sigo esperándote el sábado para confesar, jovencito.
–Sí, padre.
–¿Me lo prometes?
–Se lo prometo.
–Dile a tu padre que se pase también, que no le hará ningún mal.

Si la Virgen María se fuera a aparecer, seguro que sería cuando el cura estuviera presente. Pero, no, esperó a que se fuera. Liam casi se atraganta cuando se giró hacia la pared y la vio – ¡Virgen Santísima! – donde antes estaba el clavo.
¡Cabrones de mierda! Cuando les preguntó qué se había perdido en la clase de dibujo, todos se rieron y hablaron como en clave. Tonterías de “el retrato de una mujer famosa”. O “el retrato famoso de una mujer”. Así lo habían dicho, jugando con la palabra ”famoso” como si fueran los aburridos anticuarios de la tele. Pero no dijeron nada de la Virgen María. ¡Cabrones! Sólo tenían que haberle dicho que era un cuadro de Ntra. Sra. Pero no, los muy cabrones.
La señorita tampoco se lo dijo.

No era la imagen de la Virgen a la que estaba acostumbrado. Era más como el Niño Jesús de Praga de su madre. O como los iconos, en lo alto del coro. Lo extraño era que, por alguna razón, iba de marrón.
Decidió rezarle de todos modos y se acercó más a ella. Unió las manos y comenzó: Dios te salve, María, llena eres de gracia, con toda la santidad de la que era capaz. Iba a orar con todas sus puñeteras ganas, pero se dio cuenta a tiempo de que quizá María iba a pensar que le estaba faltando al respeto.
–Te lo ruego, Virgen Santa, que no me zurren.
–Santa María, madre de Dios, líbrame de esta.
–Seré bueno.
–Lo prometo.
Casi sin darse cuenta empezó un rosario.
Al final del primer misterio miró a ver si ya estaba funcionando. Pero, ¡nada! Era como si estuviera sonriendo, como si no estuviera impresionada en absoluto. No podía creer que la Virgen fuera así.
Tendría que rezar con más fuerza. Necesitaría las oraciones especiales que mamá y la abuela sabían. Dios te salve, Reina y Madre de misericordia. Eso funcionaría. Vida, dulzura, esperanza nuestra, y todo eso.
A pesar de la extraña mirada que ella le estaba dedicando, intentó mirarle a los ojos. “Implórale”, eso le diría su abuela. Les veía a todos ahí de rodillas, en Creggan, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Rezando: A Ti clamamos, a Ti suspiramos con acento de Derry.
Miró fijamente a la Virgen y concentrándose, concentrándose, pensó: te imploro, te lo imploro, te lo imploro.
No servía. No pasaba nada. Claro, la Virgen ni siquiera tenía las manos juntas en oración.
Tampoco tenía en sus brazos al Niño Jesús.
La mano izquierda sujetaba la muñeca derecha.
Y parecían hinchadas.
Ahora que se fijaba, el color era algo raro. No era hermoso como en otros cuadros. Además, el cielo era horrible. Seguro que la había pintado algún protestante.
Eso le pasaba por no llevar puestas sus medallas, ni llevar su rosario consigo.

Quería irse con mamá, pero ahora estaría ocupada preparando el puchero.
De todas maneras, ya sabía lo que le diría: «Ahora ten cuidado, y reza tus oraciones, porque los caminos del Señor son inexcrutables.»
No le quedaba más remedio que volver a intentarlo.
Ponte derecho, pensó y lleno de gracia, como cuando el padre Kielt te dio la bendición.
Nunca más volveré a pecar, prometió.
Pero lo único que consiguió fue que la Gioconda se decidiera a zurrarle.
Sí, eso había conseguido, tenía que haber sido él, porque ahora se dirigía al escritorio.
Había llegado el momento.
Había llegado.
Era como si tuviera los ojos fijos en él, como si quisiera verlo sufrir.
Idiota, cierra los ojos y reza, intentaba decirse a sí mismo. Sin embargo su imaginación le estaba arrastrando.
Se la imaginó acercándose al cajón y el pito se le movió.
Se la imaginó sacando lentamente el cinturón. ¡Oh, no! ¡Se estaba meando!
¡Extiende las manos!, le diría, (se le seguía moviendo el pito) y si extendía sólo una mano, ella le exigía la otra también.
¡¡¡OOH NOOO!!!
Su pito le dolía de un modo extraño.
Vuelve a nosotros esos tus ojos, misericordiosos. Rezó con rapidez, ¡ea! pues Señora, abogada nuestra.
¡¡AHORA MISMO!!
La Virgen estaba levitando junto a él. De alguna manera se debía de haber salido del cuadro.
Olía tan dulcemente.
La sentía inclinándose sobre él, dándole fuerza, pero no se atrevía a mirar.
Intentó tomarla de la mano. Fue más bien como si ella se la tomara a él y se la levantara (percibía toda su santidad) luego le tomó de la otra para sujetar la primera.
Oh, Dios, nooooo: ¡la Gioconda y ella se habían puesto de acuerdo!
Estaba a punto de intentar retirar las manos cuando se dio cuenta de que todo era una prueba. ¿Verdad que no le iba a abandonar en este momento de necesidad? Ella estaría ahí en su última agonía. Por supuesto: ella le sujetaba las manos por debajo, para conseguir la posición correcta. Estaban prácticamente hombro contra hombro; cuatro manos como si fueran una sola.
Era agradable. Suave. Casi como un abrazo de mamá.
Sin abrir siquiera los ojos, sus miradas se cruzaron.
Oh Clementísima, oh Piadosa, oh dulce Virgen Maria, balbuceó.
Ella sonreía, beatíficamente.
–No temas, hijo– dijo, susurrando como si tuviera miedo de que la descubrieran. Cuando ella deje volar su mano, yo colocaré la mia, la mano de la Madre de Dios– recitó– sobre la tuya.
–Pero, ¿y si duele?– dijo él.
–Shhhh– le previno.
–No dolerá, hijo– le prometió.

Sonó la campana del recreo. Liam se sobresaltó tanto que casi se caga encima. Cuando vio dónde estaban sus manos, las retiró enseguida, bruscamente. La Virgen María, gracias a Dios, se había vuelto bien rapidito al cuadro.
Miró otra vez aliviado.
A ver si los demás se habían dado cuenta de algo. O no lo vieron o no dijeron nada.
Salieron sin la prisa acostumbrada para ir al puesto de golosinas.
–Eres hombre muerto– le señaló Tait con el dedo al pasar.
La Virgen volvió a sonreírle, la misma sonrisa, pero distinta, cuando los demás se habían marchado.
Al fin, tan sólo el terrible ruido de los tacones de la Gioconda. Se le aproximaba por detrás. La oía, la olía, incluso. A pesar de eso, se sobresaltó un poco cuando le posó la mano en el hombro.
–Puede irse, O’Donnell– dijo.– ¡Aire!
No se lo tuvo que repetir, que se quitara de su vista.
Echó a correr.
–Ah, O’Donnell…– le llamó.
Oh, no, mierda…: estaba corriendo por el pasilllo.
Y sin embargo no fue eso lo que le dijo.
–Ya me ocuparé yo de Tait– le dijo y sonrió.

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