donal mclaughlin

on & off the page

Spanish (1)

In December 2004, Spanish translations by Guzmán Huerta of Donal’s stories ‘An Allergic Reaction to National Anthems’ and ‘aka La Giaconda’ took one of three runner-up positions in a short story competition in Argentina (Concurso Internacional Hespérides de Cuento).
Guzmán – based in Graz in Austria (and pictured below) – has kindly allowed his translations to be reproduced here.

ALERGIA A LOS HIMNOS

Que la Isa no se ofenda, pero no era por verla a ella por lo que se quedaban hasta tan tarde, sino por la película de terror. El programa se llamaba “NO LA VEAS SOLO” y pedir eso en casa de los O’Donnell, con la cantidad de niños que tenían era poco menos que imposible.

La que se montaba los sábados por la noche era monumental. Ahí estaban todos sentados, mirando la tele en la oscuridad; los más pequeños, Orla y Cahal, acurrucados junto a sus padres o a uno de sus hermanos. Ni uno de ellos hacía el menor ruido, excepto cuando Drácula se disponía a morder una yugular y el padre se apartaba de quien estuviera a su lado, se acercaba en silencio al sofá colocado frente a la chimenea, se sacaba los dientes postizos de la boca y se los dejaba caer por el cuello a alguno de ellos. ¡Tendrías que haberlos oído! Casi tan intrigante como la película era adivinar a por cuál de ellos iría la próxima vez, a pesar de haber prometido “solemnemente” no volver a hacerlo. Ciara, por ejemplo, podía estar sentada creyéndose a salvo, confiando en la promesa de su padre, porque, después de todo, ella le había preparado la taza de té, y, cuando menos lo esperaba, ahí estaban los babosos dientes rodando por la espalda de su vestido. Entonces THE END y qué extraño pasar de eso a la foto de la Isa subida en su caballo y
QUE DIOS…
SALVE…
A LA…

Nunca pasaban de “A LA…” en casa de los O’Donnell. Y no es tampoco que hicieran zapping, qué va. Estos eran los días antes de que hubiera mandos a distancia, cuando tenías que levantar el culo del sillón, acercarte al aparato y apretar un botón o girar un mando. Aunque nada de eso frenaba a los pequeños O’Donnell.¡DE ESO NADA!
Daba igual lo cansados que estuvieran –
Daba igual lo tarde que fuera –
Daba igual cuántos de ellos se hubieran quedado dormidos en el suelo o en el sillón, con la excusa de que sólo estaban descansando los ojos para no tener que irse a la cama –
Por el amor de Dios, aunque estuvieran totalmente fuera de juego –
O a los más pequeños se les hubiera pasado la hora de irse a la cama y estuvieran ya insoportables –
No es broma. Al comenzar la música del “Dios Salve a la Reina”, la camada entera resucitaba y corría desde todas las esquinas del salón, para abalanzarse sobre el pobre televisor, con la desesperación de llegar el primero al botón. –¡Niños, por Dios! –gritaba Bridget como loca, antes de la batalla de cada noche. Todos los días pensaba que el televisor caería de la mesita encima de alguno de ellos. Daba igual que mirara a su marido en busca de apoyo, porque él se reía, satisfecho por ver que estaba criando a sus hijos como Dios manda.
Al principio, cuando empezó a convertirse en costumbre correr a “cortar a la reina”, los mayores solían ganar a los pequeños. Podías apostar por Annete, que era tan determinada y rápida como callada y tímida. Liam, el mayor, aunque tenía la cabeza bien amueblada, no era un atleta, por mucho que le hiriera en su orgullo no ganar la carrera.
Sin embargo, y eso hay que reconocérselo, a veces tenía arranques geniales. Hasta su padre se rio la noche en que el cabroncete estaba sentado con el enchufe en la mano y con total naturalidad tiró del cable mientras los otros se lanzaban sobre el televisor. ¡Menuda rabia! Cuando se dieron cuenta de lo que había pasado y se volvieron hacia él, le vieron, lleno se satisfacción, provocándoles y girando el enchufe sobre la cabeza, el muy cabrón, como Mick Jagger con su micrófono. Otra noche Annette, creyendo que él no se daría cuenta, había colocado estratégicamente a los pequeños Orla y Ciara para defender los enchufes. Liam se levantó y salió del salón cuando el himno estaba a punto de comenzar. Al verle parecía como si no fuera a competir, como si hubiera decidido que estaba por encima del puto juego. Resulta que se fue debajo de la escalera a buscar la caja de los fusibles. Por lo que cuentan, las caras de los demás cuando se acercaban a la tele fueron de película.
El resto pidió esa noche una revisión de las reglas del juego, y así fue. El colmo fue cuando Liam empezó a cantar desde debajo de la escalera los versos del “Flor de Escocia”: “envíalos a casa y que se lo piensen otra vez”.
–Papá, dile a Liam que eso no vale, papá.
–Mamá, no es justo, mamá. –repetían a coro.
–Te creerás muy listo, ¿eh? –fue todo lo que Annette dijo cuando Liam volvió a aparecer, con aire satisfecho.
Sí, la verdad es que no hay duda de que Annette y Liam tuvieron sus momentos de gloria. Si te paras a pensar, durante los meses y años que duró este juego, el que más veces cortó a la reina fue Sean, el segundo hijo de Bridget y Liam y portero reserva del equipo de la escuela. El chiquillo podía estar echado de espaldas en la alfombra, frente a la chimenea, y aún así conseguía girarse en el aire, con el pulgar y el índice preparados para arrebatarle el momento de gloria a aquel de sus hermanos que estuviera adelantado al resto del pelotón. Su padre le llamaba “Gato” Bonetti o Pat Jennings Jr., mientras se reía al ver al chaval esquivar la mesita de la tele y continuar su marcha triunfal hacia la cocina, de la que volvía bebiéndose un gran vaso de agua, que levantaba en señal de victoria. La agilidad del cabroncete era asombrosa, así como su valentía. Resulta increíble que nunca se hiciera daño cuando los demás se le echaban encima. De todos modos, a su padre le parecía un buen entrenamiento para los partidos de los sábados por la mañana.
No hubo ni una vez, ni una sola, en la que el crío soltara una lágrima, a pesar de la cantidad de veces y de las posturas en que el resto de la chiquillería aterrizaba encima de él. Qué va, si había lágrimas eran de alguno de los pequeños, inconsolables por no haber sido ellos los que hubieran apagado la tele. Algunas veces, el padre o la madre tenían que volver a encenderla para que Orla y Cahal pudieran apretar el botón; y aún se oía un fragmento del “QUE REINE POR SIEMPRE” antes de volver a cortar a la Isa en todo su esplendor. La intervención de los adultos solía terminar con las llantinas; aunque en el fondo, Cahal y Orla, angelitos, sabían que no era como si ellos hubieran llegado los primeros al televisor.
Tampoco resultó de mucha ayuda la noche en que la bruja de Ciara le soltó a Cahal, con el que estaba de morros:
–No sé de qué te ríes tanto, llorón. Sólo porque papá te la haya vuelto a encender no quiere decir que tú hayas cortado a la reina el primero. El primero ha sido Sean, aunque tú también la hayas cortado –se reía.
Eso provocó un nuevo lloriqueo de Cahal y que Ciara se llevara una ostia, se fuera a la cama y su padre le dijera que iba a tardar en volver a ver a la puñetera reina.

Harina de otro costal, por supuesto, era cuando escuchaban radio Eireann y sonaba el himno de Irlanda, a pesar de lo fatal que se recibía la señal en su diminuto transistor. Su padre había comprado el aparato en una venta de caridad de la escuela por un módico precio y allí estaba, con la antena completamente estirada, en la repisa de la chimenea. Había que ver al padre, trasteando con la radio toda la noche para conseguir que se oyese mejor, con trucos diversos, como colocar la antena tocando del reloj o del espejo.
–Cualquiera diría que no estuviera al otro lado del mar –era lo que solía decir. –Que venga Dios y lo vea, se oía mejor cuando el Celtic jugó aquella puta final con el Ujpest Dosza en Hungría.
Se oyera mal o no, el himno nacional de Irlanda se escuchaba hasta el final. Era vigoroso y con trozos en los que apetecía cantar. No había más que decir de vez en cuando “Que Dios los bendiga” entre verso y verso, como si fuera una canción de fútbol o de rugby. Pero el pequeño Liam, no. Ni por asomo. A pesar de su corta edad, el chaval les tenía alergia. Al escucharlo no se imaginaba a la selección de fútbol, por ejemplo, alineada, rascándose y comiendo chicle. No, incluso en aquel entonces, le venían a la cabeza imágenes de hombres en pasamontañas con los rifles en alto.
Lo asombroso es que el chaval no se acuerda ya de la letra. De lo que sí se acuerda es de su padre, poniéndose siempre en pie con su camiseta llena de manchas de té. Con la taza en la mano izquierda y el cigarrillo en la derecha les insistía a los otros que levantaran el trasero.
–¡Un poco de respeto, joder! –les decía mientras les tiraba de la manga.
Resultaba cómico la manera en que se erguía, saludando a la radio, y cómo tiraba de Liam o de Sean para que hicieran lo mismo. En ocasiones perdía los nervios y les decía que cómo se atrevían siquiera a llamarse irlandeses o a decir que eran del Celtic de Glasgow. ¡No vais más que por las barritas de coco y los chicles que os compro, por lo único que vais es por las putas barritas y los chicles de mierda!¡No penséis que no me doy cuenta!
Sin embargo, casi todas las noches en las que se quedaban levantados hasta tarde al menos uno o dos de ellos sí que cantaban, aunque sólo fuera el estribillo final. Los más pequeños no tenían ni idea de nada, pero hasta ellos se daban cuenta de cuando la orquesta estaba a punto de terminar; los mayores, dependía del humor del que estuvieran. Annette o alguna otra de las chicas puede que sí, supongo, aunque sólo fuera por darle el gusto a su padre. Ciertamente, si durante el día alguno de ellos se había metido en líos, todos sabían que cantar, o prepararle una taza de té, era el sistema más fácil de volver a estar de buenas con él. En lo que respecta a su madre, nunca en la vida ibas a oír a Bridget O’Donnell cantar. Estaba hasta las narices de todo eso, había dejado de parecerle divertido y solía desaparecer por la cocina. Tampoco importaba mucho: da igual cuántos de ellos cantaran; en el último verso siempre parecía que la casa iba a reventar.

Naturalmente, llegó la época en que los mayores hacían como su madre. No se lo impedía ni siquiera la manera en la que él la emprendía con ella, llamándola traidora y dicéndole que de niña había vivido demasiado tiempo en Inglaterra.
Liam estaba allí, intercambiando miradas con ella, el día en que la policía llamó a la puerta. Fue la noche en que Irlanda del Norte, con un gol de George Best, ganó a Escocia uno a cero en un partido amistoso en Hampden. Fue la primera vez que Bridget iba a un partido de fútbol, acompañando a su marido y a una pareja de amigos, que eran de Limavady. Estaba tan distraída hablando con la otra mujer, que ni se enteró del puto gol.
–Da igual, ya lo veré en la repetición– dijo, mientras George y sus compañeros celebraban el tanto.
A su padre le encantaba contarles la historia a los mas pequeños.
–Da igual, ya lo veré en la repetición– repetía, llorando de risa.
Bueno, pues esa fue la noche en que la policía llamó a la puerta, mientras los O’Donnell seguían celebrando la victoria de Irlanda del Norte contra Escocia como locos, que hasta desde Derry se les oía. En esa ocasión no les iba a servir cantar el himno una sola vez. Mientras aún sonaba en radio Eireann, su padre ya estaba buscándolo en en la cara B de un single, asegurándose de que la aguja del tocadiscos no se moviera para escucharlo una y otra vez. Por supuesto, al darse cuenta, el pillo de Sean lo puso a todo volumen.
¡Por Dios, no me extraña que no oyesen a la policía! Liam y su madre no se habrían enterado de no haber estado en la cocina. A pesar de eso, no estaban seguros de si lo que habían oído era la puerta, así que Bridget le pidió al pequeño Liam que la acompañase a ver. Por poco se desmaya cuando se encontró con los dos agentes, pero antes de que ellos hablasen, ella le dijo:
–Vete a buscar a tu padre.
Qué raro, que los policías se quedasen ahí de verdad esperando al hombre de la casa. Sería por la cara de susto que le vieron a la pobre mujer.
Por supuesto, menudo zipizape, cuando Liam abrió la puerta del salón. Por Dios, si tuvo que gritar dos veces: “¡PAPÁ, TE BUSCA LA POLICÍA!” antes de que los demás se empezaran a calmar. Su padre le preguntó:
–¿Qué?– y Liam volvió a repetirlo.
–Están en la puerta con mamá– dijo y apagó el tocadiscos de tal manera que hizo un tremendo chirrido, aunque su padre no dijo nada.
Los niños le miraron en silencio mientras se ponía a toda prisa la camisa. Cuando estaba a punto de salir de la habitación, volvió para ponerse también la corbata, mirándose frente al espejo que estaba sobre la chimenea. Cuando estuvo satisfecho, salió a dar la cara. Los pobres niños, atemorizados, se miraron unos a otros, hasta que la pequeña Orla, que Dios la bendiga, no aguantó más y se echó a llorar, pensando que iban a detener a su papá y a su mamá. Annette tuvo que consolarla.
No se oía ni una mosca. Nadie habló, intentando escuchar lo que estaba pasando. Lo único que oyeron fue a su padre con su tono más educado, dando explicaciones y disculpándose:
–Yo les aseguro, caballeros, que no volverá a pasar.– El policía contestó:
–Está bien, señor. Adiós, buenas noches– y oyeron la puerta cerrarse.
Su padre y su madre regresaron al salón.
–¡Puta vecina de mierda!– fue todo lo que su padre dijo.
–¡Así te pudras en el infierno!– añadió, después de un momento.
Estaba rabioso, llorando, casi, y cuando se sentó, seguía meneando la cabeza, furioso por lo que acababa de suceder. Ciara, que Dios la bendiga, con los ojos llenos de lágrimas, se le estaba acercando para abrazarlo cuando de repente él se levantó y le hizo un corte de manga a la vecina. Ciara se quedó petrificada de la impresión: no podía creer que su padre hiciera eso. A Michael Duffy le habían caído en la escuela cuatro golpes de cinturón, pero cuatro de los fuertes, por algo así. Se volvió hacia Annette, que sin otro recurso, se limitó a encogerse de hombros.
–Uno-cero, tía puta– gritaba su padre.
Cuanto más lo hacía, más palidecía Annette, que siempre había sido la más tranquila. Papá lo estaba empeorando cada vez más diciendo palabrotas, porque ahora había cometido dos pecados.
Sin embargo, no había manera de pararlo. Mamá tampoco podía hacer nada, mientras él seguía haciendo gestos a la pared, ahora ya con las dos manos a la vez, con una postura desgarbada y estúpida, hasta que se le cansaron los brazos.
–Jódete, uno a cero– dijo por fin, en un suspiro.
Bridget aprovechó la ocasión:
–¡Ya está bien, Liam O’Donnell, y delante de los niños!
Él no le replicó.
La madre se volvió hacia sus hijos:
–Bueno, todos a la cama. ¡YA!
Sólo cuando todos se habían ido al piso de arriba, con la madre detrás de ellos, se dio cuenta Liam del silbido que hacía el transistor, porque radio Eireann había terminado ya su emisión. Ni loco se iba a levantar a apagarla.
–Quítame eso, ¿quieres? –le dijo a Bridget cuando volvió a bajar.

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